Por qué odio la informática en España

La razón de por qué odio tanto el sector del desarrollo de software en España se puede resumir con una descripción de la reunión que he tenido esta mañana.

Entramos en la sala de reuniones los tres desarrolladores del equipo —al menos, los tres de este equipo—, donde ya nos esperaban la analista funcional y el jefe de equipo de esta semana. Sí, el de esta semana, porque hace dos semanas teníamos otro distinto, antes de eso no teníamos jefe de equipo y dentro de dos semanas tendremos otro. Gestionar, lo llaman.

En el extremo opuesto de la sala podemos ver, ya antes de ocupar nuestros asientos, el papel que nos tienen preparado sobre el caballete —supongo que no es suficientemente importante como para haberse currado unas diapositivas—. Escrito con un rotulador de esos gordos podemos leer el nombre de la versión que estamos preparando junto a la fecha de entrega —fecha que no conocíamos la semana pasada. Debajo, los días de aquí al día 4 del mes que viene —laborables, siete—, colocados igual que en un calendario.

Y el jefe de equipo abre con la frase que me mata y me envía directo al infierno de la consultoría, sin pasar por la casilla de salida ni cobrar una puta mierda:

“La fecha que veis ahí, no es una fecha que haya fijado el cliente, pero no podemos relajarnos, así que, internamente, nos comprometemos a entregar ese día.”

Lo que viene después es una presentación del reparto de tareas —estimadas por Rita La Cantaora— explicando cómo, si nos esforzamos, podemos tener la versión lista a tiempo.

—Y así, si el viernes a las tres hemos terminado, bueno, o a las dos y media —sonrisa de Ésta Recompensa Tan Fabulosa No Os La Esperábais, ¿Eh?—, nos vamos a casa y a descansar el fin de semana.

Yo me los imagino en un despacho, sentados alrededor de una mesa, apoyando las barrigas en la superficie de madera, con los brazos detrás de la cabeza y sendos puros colgando de los labios mientras alguien comenta con alegría que «Tampoco se van a morir por hacer un sobreesfuerzo por la empresa, una semanita echando diez o doce horas diarias, y así nosotros quedamos bien con el cliente».

Y algún día, espero —probablemente cuando yo ya me haya retirado o los haya matado a todos y esté encerrado de por vida—, se darán cuenta del valor de tener a los empleados descansados y contentos. Pero mientras tanto, nos toca aguantar esta mierda.

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