Cambio de narrador

El jueves pasado la profesora nos propuso un ejercicio a realizar durante la propia clase (en lugar de como ha venido siendo hasta ahora: ella proponía uno o varios ejercicios para la semana siguiente). Nos dio un texto que había extraído de un relato corto de Sam Shepard titulado “Rosa sintético”. Os copio el texto —esperando que no me dé problemas— y luego os explico en qué consistía el ejercicio.

De vez en cuando lo veo. Sentado en la cafetería. Satisfecho. Partiendo el pan. Mirando por la ventana. Removiendo su café ensimismado. No sé en qué piensa, pero no se trata de problemas graves. Su rostro está tranquilo. No tiene preocupaciones. El periódico está pulcramente doblado a su lado; plegado con precisión. Sus gafas reposan sobre el mantel. Todo es plácido a su alrededor. Lo que le rodea está en orden. Come la sopa a la manera europea, ladeando el cuenco y levantando la cuchara en lugar de inclinarse sobre él. Se seca el labio superior meticulosamente con la servilleta de lino y se limpia con delicadeza las migas que le han quedado en la barbilla. Vuelve a colocarse la servilleta sobre los muslos y al tiempo que la extiende la va alisando para que no quede ninguna arruga. Veo los destellos del anillo que lleva en el dedo meñique. Tiene una piedra azul que refleja el sol que entra por la ventana. Fuera revolotea un pájaro; él levanta la vista para seguir su vuelo y después vuelve a mirar su cuenco de sopa vacío. Desplaza el cuenco a un lado con ambas manos y con un movimiento pausado toma el vaso de agua. Bebe sin parar hasta vaciarlo. Veo cómo su nuez sube y baja mientras se traga el agua helada. Cierra los ojos, como si estuviese en éxtasis, soñando con algo muy lejano

[…]

Estuve presente cuando le abrieron la boca y le quitaron la dentadura postiza. La depositaron sobre una mesa de acero inoxidable y le sujetaron una etiqueta amarilla con un alambre. En la etiqueta había unos números escritos en negro. Los números correspondían al día y la hora de su muerte. Colocaron otra etiqueta con los mismos números en el dedo gordo de su pie derecho. Después se llevaron el cadáver. La etiqueta amarilla que colgaba del dedo del pie se movía ligeramente, como una minúscula bandera, hasta que desapareció tras las puertas batientes. Las puertas siguieron batiendo durante un rato y finalmente se detuvieron. Su dentadura seguía sobre la mesa de acero inoxidable. Las encías eran de un rosa sintético y todavía había un trocito de ensalada adherido entre dos muelas. Le di la vuelta a la etiqueta amarilla, en el otro lado había más números negros: su fecha de nacimiento.

La propuesta era coger lo dicho en el primer párrafo y, basándonos en eso, escribir un pasaje en tercera persona, usando un narrador externo omnisciente y desde el punto de vista del viejecillo. Entre las ideas que nos dio la profesora me gustó la de dar una pista acerca de la causa de la muerte. Y esto es lo que escribí:

Ya está ahí otra vez. Le he visto de vez en cuando, observándome en silencio. Yo como tranquilo, tomándome mi tiempo, acompañado por mis manías de siempre. Pliego mi periódico y lo coloco sobre la mesa en la posición, mil veces estudiada, en que menos me va a molestar. Me quito las gafas para no prestar atención a lo que podría ver. Esto me permite concentrarme en los olores y sabores de todo lo que amablemente Jack, mi camarero, me trae a la mesa. Cuando llega el momento del café recupero las gafas para poder echarle un último vistazo a ese caballero alto, moreno y de gestos delicados. Creo que nunca se ha dado cuenta de que sé que me observa. Estoy seguro de que esto se debe a que no todo el mundo le ve y es descuidado en ese aspecto. Me ha parecido que viene más a menudo desde el fatídico diagnóstico, pero también es posible que sea mi imaginación, o que el cáncer me esté dando unos días de mayor lucidez antes de quitármelo todo. Aunque sin duda prefiero la teoría que más le gustaría también a mi querida Betty: que es mi ángel y me vigila esperando el momento en que me tomará de la mano y me llevará junto a ella para no volver a separarnos nunca.

Me gustó bastante, así que trabajaré en él más adelante a ver si puedo mejorarlo un poco. ¿Qué os parece este primer borrador?

Estrenando curso de escritura

En el que os cuento acerca de mi naturaleza creativa y cómo he terminado queriendo escribir novelas.

Hmmm… He estado repasando las entradas del blog y parece ser que no he comentado nada acerca de mis aspiraciones como escritor. Sí, bueno, colgué un relato, pero no he dado ningún tipo de explicación al respecto. Aquí va.

Desde muy pequeño me he sentido atraído hacia el arte. Al principio me atrajo mucho el dibujo y aprendí a hacerlo calcando los manga de Dragon Ball. Con el tiempo mejoré lo suficiente como para poder copiarlos. Después apareció la necesidad de contar historias y comencé a dibujar mis propios cómics usando personajes de la serie. Finalmente, mis cómics empezaron a ser protagonizados por personajes de cosecha propia. Pero también me llamaba la atención el mundo de la escritura. Mi madre me enseñó mecanografía y no se me ocurrió mejor forma de practicar que intentando escribir mis propias novelas. Las fui abandonando todas porque después de un buen puñado de páginas me daba cuenta de que eran demasiado parecidas a algo que había leído.

A medida que fui creciendo, quise poder contar mis historias mejor. En cuanto pude, me apunté a un curso de ilustración y cómic. Aunque terminé abandonándolo, decepcionado, al poco de empezar el segundo año, aprendí cosas interesantes. Me compré libros para aprender acerca de narrativa, anatomía, composición, perspectiva… Pero muchos de ellos no los llegué a abrir. Me daba mucha pereza tener que “estudiar” todo aquello para poder hacer mis cómics bien. Y, pecando de demasiado perfeccionista, no quería dibujar mi “obra maestra” hasta que no pudiera hacerla lo mejor posible. De modo que ni aprendía la teoría ni practicaba para ser mejor.

Llegó un momento en que me agobié pensando que no tenía suficiente tiempo para dibujar y decidí dejar apartado mi intento de dibujar cómics y cambiar el formato de mis historias. Un poco influenciado por Kenny Ruíz, que mientras me firmaba uno de sus manga de Dos Espadas me sugería probar a escribir guiones de cómic y que fuera otro el que los dibujara. No era mala idea, pero no conocía a ningún otro dibujante lo suficientemente bien como para proponer una colaboración, así que pensé que quizá era el momento de retomar la escritura de novelas.

Durante la pasada primavera estuve asistiendo a un taller de escritura. Y me picó el gusanillo. Conocí a gente encantadora y aprendí algunas cosas, pero lo único que escribíamos eran micro cuentos y yo quería aprender a escribir novelas. Es un formato muy distinto y la forma de escribir difiere demasiado. Así que, viendo que en ese taller no iba a aprender lo que yo quería, terminé tomando la decisión de cambiar de escuela y asistir a un curso centrado en escribir novela.

Empecé este jueves y pinta bien. En las próximas semanas empezaré a escribir mucho más, dado que nos van poniendo “deberes”. Iré colgando esos ejercicios por aquí, para quien quiera leer lo que tenga que decir. A ver qué os parece; espero que os guste. Si es que alguien me lee…

Pero antes de compartir los escritos que haga para este nuevo curso, voy a repasar los que hice para el taller y colgaré aquí los que me parezcan medianamente buenos. Aunque de momento sólo se me ocurre uno.

¡Nos vemos!