El blog ha muerto; larga vida al blog

Hace casi exactamente tres meses que decidí abandonar este blog en wordpress.com por uno que yo mismo alojara y gestionara. Y así lo hice, pero en todo este tiempo sólo he escrito una entrada porque me da una pereza terrible gestionar el otro blog.

No tardé nada en dar de alta el hosting e instalar wordpress. De hecho la empresa donde lo tengo alojado tiene unos tutoriales maravillosos que me ayudaron a configurar e instalar todo lo necesario, incluyendo los ajustes relativos a la seguridad. Pero seguir con él se ha convertido en una pesadilla porque cualquier actualización al software (ya sea el propio blog o los plugins o plantillas) la tengo que hacer a mano. Y la primera fue hasta divertida, pero con el tiempo ha dejado de serlo y ya paso; no quiero que esto me suponga un suplicio porque entonces dejo de escribir.

Así que voy a destruir aquel blog y retomar éste con una pequeña diferencia: voy a mantener este blog sólo para mis movidas más personales. Para todo aquello a lo que quiera dar más visibilidad voy a usar Medium.

Así que ya sabéis, si todavía me lee alguien pasad de dhalcojor.com/blog y centraos en este y medium. Pondré enlace a medium cuando publique mi primera historia allí 😉

¡Perdón por las molestias con tanto cambio!

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El año de leer sólo mujeres

Antes de entrar al grano, si te chirría ese sólo con tilde te remito a este tuit de Arturo Pérez Reverte:

Y ahora paso a explicar de qué va esta entrada.

Siempre he sido bastante activo en twitter desde que abrió allá por el 2007. Bueno, desde que abrió no, que al principio era una sosez donde la gente entraba a decirte que se iba a comer o al baño. Absurdo e inútil. Pero luego se convirtió en una especie de foro de debate donde puedes encontrar a todo tipo de personas diciendo todo tipo de cosas. Y a parte de imbéciles integrales hay gente muy interesante a la que seguir.

Fue así como empecé a leer sobre feminismo. Lo primero, darme cuenta de que feminismo no es lo opuesto al machismo en el sentido de que lo que buscan las feministas es decantar la balanza de su lado. Lo que busca el feminismo es la igualdad entre sexos, es decir, que la balanza quede equilibrada. Y a partir de ahí me empezó a interesar muchísimo el tema. Siempre me han jodido las desigualdades y cuando lees sobre este asunto te das cuenta de lo poco visibilizado que está. Gracias a maravillosas mujeres como @Barbijaputa, @MetaMaiko o @srtagalicia se va uno dando cuenta de la cantidad de injusticias, impertinencias o incluso amenazas que tienen que soportar sólo por ser mujeres, pero también se descubren iniciativas interesantes.

Y yo que me quiero convertir en escritor me he apuntado a una iniciativa cuyo origen desconozco pero que consiste en empezar a leer sólo libros escritos por mujeres. Porque ya he leído varios artículos que me han hecho darme cuenta de que necesitamos más variedad en las historias que leemos, especialmente si queremos convertirnos en narradores. Así que ya está bien de leer solamente a autores varones, blancos, heterosexuales y cisgénero. Toca empezar a leer también lo que nos cuentan mujeres y gente de otras razas y orientaciones sexuales. Porque, como dicen, en la variedad está el gusto.

Para empezar, le voy a coger prestada a MetaMaiko su lista de Goodreads: mujeríos. Y, en cuanto tenga mi propia lista, la compartiré por alguna parte.

IKEA workout

¿Quién quiere gastarse la pasta en ir al gimnasio cuando puede emanciparse alquilando un piso sin amueblar? Llevo tres días de bastante paliza, y lo que me espera aún.

¿Quién quiere gastarse la pasta en ir al gimnasio cuando puede emanciparse alquilando un piso sin amueblar? Llevo tres días de bastante paliza, y lo que me espera aún.

El lunes me pasé por IKEA y compré lo básico para empezar a vivir allí (en el piso, no en la tienda). Ya iba con la intención de contratar el servicio de transporte porque los muebles no me iban a caber en el coche, pero también con la —inteligentísima, pensaba yo entonces— idea de ahorrarme el servicio de que un tío recoja todos los muebles que quieres. Bien, permitidme un consejo: si vais al IKEA a comprar muebles para toda la casa, cosas voluminosas… PAGAD EL PUTO SERVICIO. Terminé empapado en sudor y bastante cansado, de cargar las jodías cajas en el carrito y luego menearlo todo por allí —pandero included. A lo que hay que sumar el carro rebelde que se negaba a circular en la dirección indicada por los empujones de un servidor, y el hecho de que en pleno mes de julio ese puñetero comercio no tenía aire acondicionado.

El martes estuve casi cuatro horas esperando los muebles tirado en el suelo —literalmente, no tengo donde sentarme, a parte del váter. Después, casi dos horas empezando a montar la cama, que debe tener más piezas y tornillos que un T-800. Al final me fui con tan sólo medio armazón montado y unas piernas con tembleque, de tanto levantarme y agacharme.

Ayer, miércoles, estuve media tarde montanto un zapatero y una librería. Luego vino un refuerzo y seguimos montando la cama. Que sigue sin terminar, su puta madre xD Al final ya no tenía ni fuerzas para terminar de apretar unos tornillos especialmente largos.

Hoy, jueves, tengo bastantes agujetas, sobre todo en la parte trasera de los muslos. Tengo cansancio muscular generalizado y muy especialmente en la mano derecha —quién me lo iba a decir, con la de horas de, ejem, entrenamiento que tiene. Y ahora, cuando salga del curro, supongo que me iré p’allá a seguir montando cosas. Si es que tengo fuerzas. Venga, que sí, YO PUEDO.

Así que eso, quién quiere pagar un gimnasio cuando puedes apuntarte al IKEA workout…

La vergüenza de Chamartín

El funcionamiento de la red de Cercanías en la estación de Chamartín es, francamente, de vergüenza ajena. Parece mentira que estemos en la capital de un supuesto país desarrollado. Me quejo de dos incidencias:

Esta mañanana, cojo el tren en Atocha, dirección Fuente de la Mora. Después de esperar 15 minutos, por fin llega uno que va a donde quiero ir. Pero, al llegar a Chamartín, se baja prácticamente todo el mundo. Como ya me sé la historia, me acerco a la puerta del tren y me asomo. Compruebo que el cartel del andén no tiene indicación alguna, así que me bajo. Giro la cabeza y veo OTRO TREN estacionado en la misma vía. Claramente, ese tren no iba a salir de la estación en dirección Fuente de la Mora. En ningún momento se indica, de forma alguna, que el tren, que cuando pasó por Atocha tenía como destino Fuente de la Mora, no iba a continuar la marcha. Me he tenido que bajar del tren a mirar la pantalla de información esperando a ver por qué vía le apetecía ahora a renfe enviar un tren con dirección a mi destino.

Pero el caso de ayer por la tarde fue más flagrante aún. Dirección opuesta, cogiendo el tren en Fuente de la Mora, dirección a Atocha, aproximadamente a las 19:45. En primer lugar el tren se para antes de llegar a Chamartín durante entre 5 y 10 minutos, sin dar explicación alguna. Pero esto es habitual, así que ni pestañeo. Sin embargo, llegamos a Chamartín y el tren se queda allí parado durante al menos 15 minutos. Los viajeros ya bastante mosqueados, esperando una explicación. En esto que el conductor (o maquinista, o como sea que llaméis al puesto), sale por la puerta avisándonos de que el tren no va a pasar por Atocha. Es decir, algo que se debería haber anunciado por megafonía, al menos la interna del propio tren, se anuncia de viva voz y a un tono de conversación normal; dudo que los pasajeros que había al final del propio coche se enteraran de lo que nos dijo. Con un cabreo considerable, los viajeros comenzamos a abandonar el tren y nos dirijimos al panel de información para disfrutar del placer de tener que esperar a ver por dónde va a pasar tu tren. Afortunadamente, voy a Atocha, estación por la que pasan prácticamente todos los trenes, así que escojo el que va hacia Parla y me lanzo a la carrera hacia su vía, que el panel sólo anuncia cuando queda UN MINUTO.

Llego al andén, flanqueado por sendas vías y veo que AMBOS trenes dicen ir hacia Parla. Me la juego subiendo a uno de ellos y la casa se queda con todo cuando veo que es el otro el afortunado que sale hacia su destino. Nos quedamos esperando en el tren durante más de 15 minutos, de nuevo sin explicación, hasta que decide salir de la estación.

¿De verdad no hay una forma mejor de gestionar las idas y venidas de trenes en la estación de Chamartín? ¿En serio no se puede avisar en los paneles de información con más antelación que UN MINUTO, obligando a los pasajeros a salir corriendo hacia el andén que les ha tocado en gracia?

Por qué odio la informática en España

La razón de por qué odio tanto el sector del desarrollo de software en España se puede resumir con una descripción de la reunión que he tenido esta mañana.

Entramos en la sala de reuniones los tres desarrolladores del equipo —al menos, los tres de este equipo—, donde ya nos esperaban la analista funcional y el jefe de equipo de esta semana. Sí, el de esta semana, porque hace dos semanas teníamos otro distinto, antes de eso no teníamos jefe de equipo y dentro de dos semanas tendremos otro. Gestionar, lo llaman.

En el extremo opuesto de la sala podemos ver, ya antes de ocupar nuestros asientos, el papel que nos tienen preparado sobre el caballete —supongo que no es suficientemente importante como para haberse currado unas diapositivas—. Escrito con un rotulador de esos gordos podemos leer el nombre de la versión que estamos preparando junto a la fecha de entrega —fecha que no conocíamos la semana pasada. Debajo, los días de aquí al día 4 del mes que viene —laborables, siete—, colocados igual que en un calendario.

Y el jefe de equipo abre con la frase que me mata y me envía directo al infierno de la consultoría, sin pasar por la casilla de salida ni cobrar una puta mierda:

“La fecha que veis ahí, no es una fecha que haya fijado el cliente, pero no podemos relajarnos, así que, internamente, nos comprometemos a entregar ese día.”

Lo que viene después es una presentación del reparto de tareas —estimadas por Rita La Cantaora— explicando cómo, si nos esforzamos, podemos tener la versión lista a tiempo.

—Y así, si el viernes a las tres hemos terminado, bueno, o a las dos y media —sonrisa de Ésta Recompensa Tan Fabulosa No Os La Esperábais, ¿Eh?—, nos vamos a casa y a descansar el fin de semana.

Yo me los imagino en un despacho, sentados alrededor de una mesa, apoyando las barrigas en la superficie de madera, con los brazos detrás de la cabeza y sendos puros colgando de los labios mientras alguien comenta con alegría que «Tampoco se van a morir por hacer un sobreesfuerzo por la empresa, una semanita echando diez o doce horas diarias, y así nosotros quedamos bien con el cliente».

Y algún día, espero —probablemente cuando yo ya me haya retirado o los haya matado a todos y esté encerrado de por vida—, se darán cuenta del valor de tener a los empleados descansados y contentos. Pero mientras tanto, nos toca aguantar esta mierda.

Que me he hecho runner, tú…

Pues sí, quién se lo iba a imaginar… Si hace unos meses me dices que yo también me iba a apuntar a la moda esta de ponerse a correr por la calle para ponerse en forma, me hubiera reído a base de bien. En tu cara. Pero, mira por dónde…

En realidad, todo ha sido culpa de David y Sonia —unos amiguetes deportistas—, que me dieron envidia al verles en facebook, una y otra vez, participando en todo tipo de locuras: maratones, triatlones, triales. Sí, has leído bien: me dieron envidia. A mí, un tío con un largo historial de sedentarismo y sobrepeso.

No sé qué me ha pasado en el último año, pero me he transformado. Desde que en noviembre me tuve que volver a casa de mis padres tenía muy claro que una de mis prioridades tenía que ser el deporte y ponerme en forma. Me apunté al gimnasio, y no sólo he ido sino que sigo yendo. Vale, no voy tan a menudo como debería —y me gustaría—, pero voy. Yo iba al gimnasio en modo antisocial, como siempre, con mis auriculares hasta arriba de buen heavy metal y mejor hard rock, a darle caña a las máquinas de poleas y, de vez en cuando, a hacer algo de cardio. Luego, Eli —una amiga que ha transformado su cuerpo en unos años y que también me da mucha envidia— me convenció para que empezara a ir a una clase colectiva de entrenamiento funcional. Aquello me vino genial y los ejercicios que aprendí a hacer allí me acompañan ahora cuando voy yo solo.

Y en los últimos meses la metamorfosis ha seguido su curso: primero, la envidia que comenté de ver a David y Sonia participando en sus competiciones me llevó a proponerme como objetivo a medio-largo plazo el hacerlo yo también. Aunque en algo mucho menos ambicioso, alguna carrera de cinco kilómetros, diez, como mucho. Después, me marqué como objetivo el convertir el deporte en mi prioridad a partir de septiembre y lo estoy cumpliendo. Aunque no estoy consiguiendo ir más al gimnasio, sí que he conseguido hacer más ejercicio en general. Se ha juntado que a Javi —un viejo amigo del instituto— le ha dado por querer salir todos los sábados con la bici —esta semana completaremos el cuarto consecutivo— y que a mí me ha dado por empezar a salir a correr por las mañanas.

Antes del verano, si veía a alguien corriendo por la calle a las 6 o las 7 de la mañana me reía pensando Mira el pringao éste, pudiendo estar en la camita durmiendo tan a gustito. Ahora, el pringao soy yo. Aunque, qué coño, de pringao nada… La razón de que me haya hecho runner ha sido el curro. A mediados de agosto cambié de empresa y en el nuevo proyecto están siendo muy exigentes, muy poco organizados y muy Empresa De Consultoría Española. De las de ¿Por qué echar sólo ocho horas cuando puedes hacer diez?. Y, como estoy viendo que he entrado de lleno en ese mundo en el que sabes a qué hora entras a trabajar pero no a qué hora sales, pues he decidido tomarme la revancha entrando más tarde algunos días. Y, siguiendo mi máxima prioridad, ese tiempo extra lo quería dedicar a hacer ejercicio, no a dormir. Y, como a las 6 de la mañana no me quieren abrir el gimnasio, pensé que la única alternativa era salir a correr. Tampoco quiero eternizarme: salir a correr media hora y listo. Y eso estoy haciendo desde hace una semana.

Me he hecho runner, tú… quién me lo iba a decir.

Foto del post: Running by Giuseppe Milo