La amistad muerta

Bajé al garaje, como tantos días, para coger el coche y dirigirme a trabajar. De mala gana abrí la puerta tras la cual me esperaba mi medio de transporte. Mientras sacaba la llave del coche y guardaba las de casa vi, casi de reojo, que el coche de mi vecina se ponía en marcha.

Pero aquella no era una vecina cualquiera. Hacía apenas año y medio que la conocía, algo más de un año desde que me enamoré de ella, poco menos de siete meses desde que el estar más cerca de ella me hizo elegir el piso en el que vivo y unos dos meses desde que no hablábamos. Una montaña rusa emocional que había terminado descarrilando. A estas alturas yo ya ni siquiera la consideraba amiga y estaba bastante cabreado con ella.

Me dirigí a mi coche bajando la mirada, pulsé el botón del mando del coche que abría las puertas y me quité la bolsa bandolera mientras escuchaba cómo su coche se acercaba. Me concentré en lo que hacía poniendo mucho empeño en no echar una ojeada en su dirección. Mientras abría la puerta del coche noté cómo su vehículo deceleraba, pero no hice caso. Por un momento sentí que se detenía y salía del coche para saludarme y darme un abrazo, consciente de que estaba dejando morir una amistad y sintiéndose culpable por ello. Pero era tan sólo mi imaginación: ella siguió su camino sin siquiera tocar el claxon para llamar mi atención o bajar la ventanilla para decirme algo al pasar.

Al sentarme frente al volante fui plenamente consciente de la muerte de una amistad que llevaba meses agonizando.

 

Fuente de la imagen: Friendship Street – Dead end by Katsa2009

Anuncios