La amistad muerta

Bajé al garaje, como tantos días, para coger el coche y dirigirme a trabajar. De mala gana abrí la puerta tras la cual me esperaba mi medio de transporte. Mientras sacaba la llave del coche y guardaba las de casa vi, casi de reojo, que el coche de mi vecina se ponía en marcha.

Pero aquella no era una vecina cualquiera. Hacía apenas año y medio que la conocía, algo más de un año desde que me enamoré de ella, poco menos de siete meses desde que el estar más cerca de ella me hizo elegir el piso en el que vivo y unos dos meses desde que no hablábamos. Una montaña rusa emocional que había terminado descarrilando. A estas alturas yo ya ni siquiera la consideraba amiga y estaba bastante cabreado con ella.

Me dirigí a mi coche bajando la mirada, pulsé el botón del mando del coche que abría las puertas y me quité la bolsa bandolera mientras escuchaba cómo su coche se acercaba. Me concentré en lo que hacía poniendo mucho empeño en no echar una ojeada en su dirección. Mientras abría la puerta del coche noté cómo su vehículo deceleraba, pero no hice caso. Por un momento sentí que se detenía y salía del coche para saludarme y darme un abrazo, consciente de que estaba dejando morir una amistad y sintiéndose culpable por ello. Pero era tan sólo mi imaginación: ella siguió su camino sin siquiera tocar el claxon para llamar mi atención o bajar la ventanilla para decirme algo al pasar.

Al sentarme frente al volante fui plenamente consciente de la muerte de una amistad que llevaba meses agonizando.

 

Fuente de la imagen: Friendship Street – Dead end by Katsa2009

Cambio de narrador

El jueves pasado la profesora nos propuso un ejercicio a realizar durante la propia clase (en lugar de como ha venido siendo hasta ahora: ella proponía uno o varios ejercicios para la semana siguiente). Nos dio un texto que había extraído de un relato corto de Sam Shepard titulado “Rosa sintético”. Os copio el texto —esperando que no me dé problemas— y luego os explico en qué consistía el ejercicio.

De vez en cuando lo veo. Sentado en la cafetería. Satisfecho. Partiendo el pan. Mirando por la ventana. Removiendo su café ensimismado. No sé en qué piensa, pero no se trata de problemas graves. Su rostro está tranquilo. No tiene preocupaciones. El periódico está pulcramente doblado a su lado; plegado con precisión. Sus gafas reposan sobre el mantel. Todo es plácido a su alrededor. Lo que le rodea está en orden. Come la sopa a la manera europea, ladeando el cuenco y levantando la cuchara en lugar de inclinarse sobre él. Se seca el labio superior meticulosamente con la servilleta de lino y se limpia con delicadeza las migas que le han quedado en la barbilla. Vuelve a colocarse la servilleta sobre los muslos y al tiempo que la extiende la va alisando para que no quede ninguna arruga. Veo los destellos del anillo que lleva en el dedo meñique. Tiene una piedra azul que refleja el sol que entra por la ventana. Fuera revolotea un pájaro; él levanta la vista para seguir su vuelo y después vuelve a mirar su cuenco de sopa vacío. Desplaza el cuenco a un lado con ambas manos y con un movimiento pausado toma el vaso de agua. Bebe sin parar hasta vaciarlo. Veo cómo su nuez sube y baja mientras se traga el agua helada. Cierra los ojos, como si estuviese en éxtasis, soñando con algo muy lejano

[…]

Estuve presente cuando le abrieron la boca y le quitaron la dentadura postiza. La depositaron sobre una mesa de acero inoxidable y le sujetaron una etiqueta amarilla con un alambre. En la etiqueta había unos números escritos en negro. Los números correspondían al día y la hora de su muerte. Colocaron otra etiqueta con los mismos números en el dedo gordo de su pie derecho. Después se llevaron el cadáver. La etiqueta amarilla que colgaba del dedo del pie se movía ligeramente, como una minúscula bandera, hasta que desapareció tras las puertas batientes. Las puertas siguieron batiendo durante un rato y finalmente se detuvieron. Su dentadura seguía sobre la mesa de acero inoxidable. Las encías eran de un rosa sintético y todavía había un trocito de ensalada adherido entre dos muelas. Le di la vuelta a la etiqueta amarilla, en el otro lado había más números negros: su fecha de nacimiento.

La propuesta era coger lo dicho en el primer párrafo y, basándonos en eso, escribir un pasaje en tercera persona, usando un narrador externo omnisciente y desde el punto de vista del viejecillo. Entre las ideas que nos dio la profesora me gustó la de dar una pista acerca de la causa de la muerte. Y esto es lo que escribí:

Ya está ahí otra vez. Le he visto de vez en cuando, observándome en silencio. Yo como tranquilo, tomándome mi tiempo, acompañado por mis manías de siempre. Pliego mi periódico y lo coloco sobre la mesa en la posición, mil veces estudiada, en que menos me va a molestar. Me quito las gafas para no prestar atención a lo que podría ver. Esto me permite concentrarme en los olores y sabores de todo lo que amablemente Jack, mi camarero, me trae a la mesa. Cuando llega el momento del café recupero las gafas para poder echarle un último vistazo a ese caballero alto, moreno y de gestos delicados. Creo que nunca se ha dado cuenta de que sé que me observa. Estoy seguro de que esto se debe a que no todo el mundo le ve y es descuidado en ese aspecto. Me ha parecido que viene más a menudo desde el fatídico diagnóstico, pero también es posible que sea mi imaginación, o que el cáncer me esté dando unos días de mayor lucidez antes de quitármelo todo. Aunque sin duda prefiero la teoría que más le gustaría también a mi querida Betty: que es mi ángel y me vigila esperando el momento en que me tomará de la mano y me llevará junto a ella para no volver a separarnos nunca.

Me gustó bastante, así que trabajaré en él más adelante a ver si puedo mejorarlo un poco. ¿Qué os parece este primer borrador?

Yo, en otra vida, fui gato

Primer cuento que comparto con vosotros. Fue un ejercicio del taller al que asistí en primavera. La premisa era que teníamos que elegir un animal y escribir un cuento en el que nos describiéramos como tal, siendo al principio más animales que humanos e irle dando la vuelta hasta terminar siendo lo contrario.

Primer cuento que comparto con vosotros. Fue un ejercicio del taller al que asistí en primavera. La premisa era que teníamos que elegir un animal y escribir un cuento en el que nos describiéramos como tal, siendo al principio más animales que humanos e irle dando la vuelta hasta terminar siendo lo contrario. A ver si os gusta y, ¿qué pensáis? ¿Conseguí el objetivo?

Yo, en otra vida, fui gato. Pero no uno de esos adorables mininos que se puede encontrar en cualquier rincón de internet. No; yo fui un gato solitario y arisco. De los que, si te acercas para arrascarle la barriga, te suelta un zarpazo. O que suben por las escaleras con tal de ahorrarse las anodinas “conversaciones de ascensor”. Y no era que por naturaleza yo sintiera esa necesidad de estar solo. Lo que pasa es que hay humanos que son muy aburridos y yo siempre ando buscando esa chispa de originalidad.

Un felino rápido y ágil, imposible de arrinconar, siempre con una ruta de escape, que regatea con las palabras y esquiva las preguntas incómodas.

Recuerdo que era cariñoso, en ocasiones hasta el punto del empalago. Aunque rara vez con quien más lo merecía. Ahora que lo pienso, quizá debiera haber sido más justo en este apartado.

Y sigiloso, por supuesto. Cómo me gusta acercarme a alguien, en completo silencio, colocarme de forma que no me vea y esperar, aguantando la respiración, ese movimiento hacia lo que debería ser aire y que en cambio está ocupado por un gigantón de ojos azules que por poco no te mata del susto.

Combustión espontánea

Inauguro esta sección con un relato corto. Lo de la contraseña es por no hacerlo público del todo, ya que puede que envíe el texto a un concurso. Por cierto, he deshabilitado los comentarios para que no os influyáis entre vosotros 😛 Sin más dilación, te dejo con la historia, espero que te guste:

Actualización: habilito los comentarios y hago la entrada pública. Hace meses que no gané este concurso, ya iba siendo hora 😛

Combustión espontánea

El detective se presentó en la escena del crimen, un modesto apartamento en una concurrida calle de Nueva York, con una idea ya preconcebida de lo que había ocurrido en el salón de la vivienda. “Increíble, Twitch, una combustión espontánea” le había dicho su compañero, Sam, por teléfono, al informarle de lo sucedido. Subió hasta la octava planta del bloque de apartamentos y se encontró con un par de policías de uniforme a los que saludó con un gesto de la cabeza. Sam estaba dentro, excitado como un niño en la víspera de Navidad.

–¡Twitch! ¡Por fin! ¡Fíjate! –gritó su compañero desde el otro lado de la estancia, al tiempo que hacía enormes aspavientos. –Mira ese montoncito de ceniza, ¡es increíble! ¡Como en aquella serie de los noventa! ¿Cómo se llamaba…?

–“Expediente X” –contestó Twitch, sin hacer mucho caso a su compañero. Observaba la escena con detenimiento, intentando no perder detalle alguno. Pero todavía no sabía qué se suponía que estaban investigando. Sólo tenía una cosa clara: no era una combustión espontánea. –¿Qué tenemos aquí? –añadió, dirigiéndose a la forense.

–A pesar de que pueda parecer una locura, su compañero podría tener razón –indicó–. Estos residuos de la moqueta parecen ser restos humanos, aunque no podré estar segura hasta que no lo corrobore el laboratorio.

–Está usted insinuando –empezó Twitch, con cierto tono de sorna–, que de verdad cree que una persona pueda haber ardido espontáneamente… por completo… sin llama…

–¿Sin llama?

–Claro. Si hubiera habido algún tipo de fuego, ¿no cree que habría ardido también la moqueta? Por no hablar del escritorio, la silla, la media docena de cajas…

Mientras la forense se giraba y observaba la ausencia de elementos quemados con el ceño fruncido, el detective se paseó por la habitación. Todo parecía indicar que allí residía una pareja joven, recién mudada.

–Sam, todavía no me has informado de la situación.

–Cierto, perdona. Pero es que… ¡Una combustión espontánea!

–Sam…

–Está bien, está bien –rezongó Sam mientras sacaba su pequeño cuaderno con anotaciones–. El apartamento está alquilado por Joey, treinta y dos, y Anna, treinta y cuatro; fue él quien llamó a emergencias, está abajo con los de la ambulancia, en estado de shock. Según dice, se metió a la ducha mientras ella estaba en el escritorio trabajando con el ordenador. Cuando salió, vio el montón de ceniza en el suelo y se asustó. Buscó a Anna por todas partes, pero no la pudo encontrar. Entonces, nos llamó.

–¿Habéis hablado con los vecinos? ¿Nadie les escuchó discutir o pelear?

–Nadie ha oído nada raro, no.

–Tendré que hablar con Joey.

Twitch bajó por las escaleras, aprovechando para despejar su mente. «“Combustión espontánea”. Será imbécil.»
Salió del edificio y encontró a Joey, vestido únicamente con una toalla, sentado en la ambulancia, llorando en silencio la muerte de Anna.

–Buenos días, Joey. Me llamo Twitch, soy el detective encargado de investigar el suceso. ¿Podrías explicarme lo que ha pasado?

El relato de Joey era exactamente igual que lo que le había dicho Sam. Estaba a punto de hacerle otra pregunta cuando vio la cara de asombro que ponía el joven.

–¿Anna? –preguntó, como si estuviera viendo un fantasma.

–¿Qué ha pasado, cariño?

–Eso nos gustaría saber, señorita –comentó Twitch, al ver que un estupefacto Joey era incapaz de articular palabra.

–¿A qué se refiere? ¿Qué hace aquí la policía?

–Verá, al parecer cuando su marido salió de la ducha, vio un montón de ceniza donde debería estar usted y se asustó al pensar que, ejem, se pudiera usted haber… consumido misteriosamente.

–¿”Combustión espontánea”, Joey ? –por su tono, parecía que ya habían discutido sobre el tema –. ¿Cuántas veces tendré que decirte que esas cosas sólo existen en la ficción? Es mucho más sencillo –continuó, hablándole de nuevo al detective–, verá esta urna contiene las cenizas de mi tía, recientemente fallecida…

–Oh, mierda… –murmuró un avergonzado Joey.

–Como iba diciendo, tenía la urna en el escritorio y le di un golpe sin querer. Se cayó al suelo, se abrió y se derramó un poco del contenido. Y, como nos acabamos de mudar, me di cuenta de que no tenía con qué recogerlo y vengo de la tienda –concluyó, mostrando la escoba y el recogedor que llevaba en la otra mano.

El detective le dio las gracias a la joven y se alejó en dirección a su coche preguntándose cómo se apañaban algunas personas para sobrevivir día tras día…