El blog ha muerto; larga vida al blog

Hace casi exactamente tres meses que decidí abandonar este blog en wordpress.com por uno que yo mismo alojara y gestionara. Y así lo hice, pero en todo este tiempo sólo he escrito una entrada porque me da una pereza terrible gestionar el otro blog.

No tardé nada en dar de alta el hosting e instalar wordpress. De hecho la empresa donde lo tengo alojado tiene unos tutoriales maravillosos que me ayudaron a configurar e instalar todo lo necesario, incluyendo los ajustes relativos a la seguridad. Pero seguir con él se ha convertido en una pesadilla porque cualquier actualización al software (ya sea el propio blog o los plugins o plantillas) la tengo que hacer a mano. Y la primera fue hasta divertida, pero con el tiempo ha dejado de serlo y ya paso; no quiero que esto me suponga un suplicio porque entonces dejo de escribir.

Así que voy a destruir aquel blog y retomar éste con una pequeña diferencia: voy a mantener este blog sólo para mis movidas más personales. Para todo aquello a lo que quiera dar más visibilidad voy a usar Medium.

Así que ya sabéis, si todavía me lee alguien pasad de dhalcojor.com/blog y centraos en este y medium. Pondré enlace a medium cuando publique mi primera historia allí 😉

¡Perdón por las molestias con tanto cambio!

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Mudanza de blog

A quien pudiera interesar (algún seguidor creo que tengo) os informo de que me mudo de blog. He recuperado mi antiguo dominio dhalcojor.com (aunque en la raíz todavía no tengo nada) y el blog ahora está alojado en dhalcojor.com/blog.

Todo esto es debido a que como parte de mi autoformación en el mundo de la informática y la programación quería coger un alojamiento que me diera mucha libertad para poder subir aplicaciones web y hacer un poco lo que yo quiera. Así que he instalado todo a mano en el servidor y he montado el blog e importado todo desde éste. Hasta donde he podido ver, todo funciona y tiene el mismo aspecto que aquí.

Espero que no le suponga ninguna molestia a nadie.

La amistad muerta

Bajé al garaje, como tantos días, para coger el coche y dirigirme a trabajar. De mala gana abrí la puerta tras la cual me esperaba mi medio de transporte. Mientras sacaba la llave del coche y guardaba las de casa vi, casi de reojo, que el coche de mi vecina se ponía en marcha.

Pero aquella no era una vecina cualquiera. Hacía apenas año y medio que la conocía, algo más de un año desde que me enamoré de ella, poco menos de siete meses desde que el estar más cerca de ella me hizo elegir el piso en el que vivo y unos dos meses desde que no hablábamos. Una montaña rusa emocional que había terminado descarrilando. A estas alturas yo ya ni siquiera la consideraba amiga y estaba bastante cabreado con ella.

Me dirigí a mi coche bajando la mirada, pulsé el botón del mando del coche que abría las puertas y me quité la bolsa bandolera mientras escuchaba cómo su coche se acercaba. Me concentré en lo que hacía poniendo mucho empeño en no echar una ojeada en su dirección. Mientras abría la puerta del coche noté cómo su vehículo deceleraba, pero no hice caso. Por un momento sentí que se detenía y salía del coche para saludarme y darme un abrazo, consciente de que estaba dejando morir una amistad y sintiéndose culpable por ello. Pero era tan sólo mi imaginación: ella siguió su camino sin siquiera tocar el claxon para llamar mi atención o bajar la ventanilla para decirme algo al pasar.

Al sentarme frente al volante fui plenamente consciente de la muerte de una amistad que llevaba meses agonizando.

 

Fuente de la imagen: Friendship Street – Dead end by Katsa2009

El año de leer sólo mujeres

Antes de entrar al grano, si te chirría ese sólo con tilde te remito a este tuit de Arturo Pérez Reverte:

Y ahora paso a explicar de qué va esta entrada.

Siempre he sido bastante activo en twitter desde que abrió allá por el 2007. Bueno, desde que abrió no, que al principio era una sosez donde la gente entraba a decirte que se iba a comer o al baño. Absurdo e inútil. Pero luego se convirtió en una especie de foro de debate donde puedes encontrar a todo tipo de personas diciendo todo tipo de cosas. Y a parte de imbéciles integrales hay gente muy interesante a la que seguir.

Fue así como empecé a leer sobre feminismo. Lo primero, darme cuenta de que feminismo no es lo opuesto al machismo en el sentido de que lo que buscan las feministas es decantar la balanza de su lado. Lo que busca el feminismo es la igualdad entre sexos, es decir, que la balanza quede equilibrada. Y a partir de ahí me empezó a interesar muchísimo el tema. Siempre me han jodido las desigualdades y cuando lees sobre este asunto te das cuenta de lo poco visibilizado que está. Gracias a maravillosas mujeres como @Barbijaputa, @MetaMaiko o @srtagalicia se va uno dando cuenta de la cantidad de injusticias, impertinencias o incluso amenazas que tienen que soportar sólo por ser mujeres, pero también se descubren iniciativas interesantes.

Y yo que me quiero convertir en escritor me he apuntado a una iniciativa cuyo origen desconozco pero que consiste en empezar a leer sólo libros escritos por mujeres. Porque ya he leído varios artículos que me han hecho darme cuenta de que necesitamos más variedad en las historias que leemos, especialmente si queremos convertirnos en narradores. Así que ya está bien de leer solamente a autores varones, blancos, heterosexuales y cisgénero. Toca empezar a leer también lo que nos cuentan mujeres y gente de otras razas y orientaciones sexuales. Porque, como dicen, en la variedad está el gusto.

Para empezar, le voy a coger prestada a MetaMaiko su lista de Goodreads: mujeríos. Y, en cuanto tenga mi propia lista, la compartiré por alguna parte.

Cambio de narrador

El jueves pasado la profesora nos propuso un ejercicio a realizar durante la propia clase (en lugar de como ha venido siendo hasta ahora: ella proponía uno o varios ejercicios para la semana siguiente). Nos dio un texto que había extraído de un relato corto de Sam Shepard titulado “Rosa sintético”. Os copio el texto —esperando que no me dé problemas— y luego os explico en qué consistía el ejercicio.

De vez en cuando lo veo. Sentado en la cafetería. Satisfecho. Partiendo el pan. Mirando por la ventana. Removiendo su café ensimismado. No sé en qué piensa, pero no se trata de problemas graves. Su rostro está tranquilo. No tiene preocupaciones. El periódico está pulcramente doblado a su lado; plegado con precisión. Sus gafas reposan sobre el mantel. Todo es plácido a su alrededor. Lo que le rodea está en orden. Come la sopa a la manera europea, ladeando el cuenco y levantando la cuchara en lugar de inclinarse sobre él. Se seca el labio superior meticulosamente con la servilleta de lino y se limpia con delicadeza las migas que le han quedado en la barbilla. Vuelve a colocarse la servilleta sobre los muslos y al tiempo que la extiende la va alisando para que no quede ninguna arruga. Veo los destellos del anillo que lleva en el dedo meñique. Tiene una piedra azul que refleja el sol que entra por la ventana. Fuera revolotea un pájaro; él levanta la vista para seguir su vuelo y después vuelve a mirar su cuenco de sopa vacío. Desplaza el cuenco a un lado con ambas manos y con un movimiento pausado toma el vaso de agua. Bebe sin parar hasta vaciarlo. Veo cómo su nuez sube y baja mientras se traga el agua helada. Cierra los ojos, como si estuviese en éxtasis, soñando con algo muy lejano

[…]

Estuve presente cuando le abrieron la boca y le quitaron la dentadura postiza. La depositaron sobre una mesa de acero inoxidable y le sujetaron una etiqueta amarilla con un alambre. En la etiqueta había unos números escritos en negro. Los números correspondían al día y la hora de su muerte. Colocaron otra etiqueta con los mismos números en el dedo gordo de su pie derecho. Después se llevaron el cadáver. La etiqueta amarilla que colgaba del dedo del pie se movía ligeramente, como una minúscula bandera, hasta que desapareció tras las puertas batientes. Las puertas siguieron batiendo durante un rato y finalmente se detuvieron. Su dentadura seguía sobre la mesa de acero inoxidable. Las encías eran de un rosa sintético y todavía había un trocito de ensalada adherido entre dos muelas. Le di la vuelta a la etiqueta amarilla, en el otro lado había más números negros: su fecha de nacimiento.

La propuesta era coger lo dicho en el primer párrafo y, basándonos en eso, escribir un pasaje en tercera persona, usando un narrador externo omnisciente y desde el punto de vista del viejecillo. Entre las ideas que nos dio la profesora me gustó la de dar una pista acerca de la causa de la muerte. Y esto es lo que escribí:

Ya está ahí otra vez. Le he visto de vez en cuando, observándome en silencio. Yo como tranquilo, tomándome mi tiempo, acompañado por mis manías de siempre. Pliego mi periódico y lo coloco sobre la mesa en la posición, mil veces estudiada, en que menos me va a molestar. Me quito las gafas para no prestar atención a lo que podría ver. Esto me permite concentrarme en los olores y sabores de todo lo que amablemente Jack, mi camarero, me trae a la mesa. Cuando llega el momento del café recupero las gafas para poder echarle un último vistazo a ese caballero alto, moreno y de gestos delicados. Creo que nunca se ha dado cuenta de que sé que me observa. Estoy seguro de que esto se debe a que no todo el mundo le ve y es descuidado en ese aspecto. Me ha parecido que viene más a menudo desde el fatídico diagnóstico, pero también es posible que sea mi imaginación, o que el cáncer me esté dando unos días de mayor lucidez antes de quitármelo todo. Aunque sin duda prefiero la teoría que más le gustaría también a mi querida Betty: que es mi ángel y me vigila esperando el momento en que me tomará de la mano y me llevará junto a ella para no volver a separarnos nunca.

Me gustó bastante, así que trabajaré en él más adelante a ver si puedo mejorarlo un poco. ¿Qué os parece este primer borrador?

Yo, en otra vida, fui gato

Primer cuento que comparto con vosotros. Fue un ejercicio del taller al que asistí en primavera. La premisa era que teníamos que elegir un animal y escribir un cuento en el que nos describiéramos como tal, siendo al principio más animales que humanos e irle dando la vuelta hasta terminar siendo lo contrario.

Primer cuento que comparto con vosotros. Fue un ejercicio del taller al que asistí en primavera. La premisa era que teníamos que elegir un animal y escribir un cuento en el que nos describiéramos como tal, siendo al principio más animales que humanos e irle dando la vuelta hasta terminar siendo lo contrario. A ver si os gusta y, ¿qué pensáis? ¿Conseguí el objetivo?

Yo, en otra vida, fui gato. Pero no uno de esos adorables mininos que se puede encontrar en cualquier rincón de internet. No; yo fui un gato solitario y arisco. De los que, si te acercas para arrascarle la barriga, te suelta un zarpazo. O que suben por las escaleras con tal de ahorrarse las anodinas “conversaciones de ascensor”. Y no era que por naturaleza yo sintiera esa necesidad de estar solo. Lo que pasa es que hay humanos que son muy aburridos y yo siempre ando buscando esa chispa de originalidad.

Un felino rápido y ágil, imposible de arrinconar, siempre con una ruta de escape, que regatea con las palabras y esquiva las preguntas incómodas.

Recuerdo que era cariñoso, en ocasiones hasta el punto del empalago. Aunque rara vez con quien más lo merecía. Ahora que lo pienso, quizá debiera haber sido más justo en este apartado.

Y sigiloso, por supuesto. Cómo me gusta acercarme a alguien, en completo silencio, colocarme de forma que no me vea y esperar, aguantando la respiración, ese movimiento hacia lo que debería ser aire y que en cambio está ocupado por un gigantón de ojos azules que por poco no te mata del susto.

Estrenando curso de escritura

En el que os cuento acerca de mi naturaleza creativa y cómo he terminado queriendo escribir novelas.

Hmmm… He estado repasando las entradas del blog y parece ser que no he comentado nada acerca de mis aspiraciones como escritor. Sí, bueno, colgué un relato, pero no he dado ningún tipo de explicación al respecto. Aquí va.

Desde muy pequeño me he sentido atraído hacia el arte. Al principio me atrajo mucho el dibujo y aprendí a hacerlo calcando los manga de Dragon Ball. Con el tiempo mejoré lo suficiente como para poder copiarlos. Después apareció la necesidad de contar historias y comencé a dibujar mis propios cómics usando personajes de la serie. Finalmente, mis cómics empezaron a ser protagonizados por personajes de cosecha propia. Pero también me llamaba la atención el mundo de la escritura. Mi madre me enseñó mecanografía y no se me ocurrió mejor forma de practicar que intentando escribir mis propias novelas. Las fui abandonando todas porque después de un buen puñado de páginas me daba cuenta de que eran demasiado parecidas a algo que había leído.

A medida que fui creciendo, quise poder contar mis historias mejor. En cuanto pude, me apunté a un curso de ilustración y cómic. Aunque terminé abandonándolo, decepcionado, al poco de empezar el segundo año, aprendí cosas interesantes. Me compré libros para aprender acerca de narrativa, anatomía, composición, perspectiva… Pero muchos de ellos no los llegué a abrir. Me daba mucha pereza tener que “estudiar” todo aquello para poder hacer mis cómics bien. Y, pecando de demasiado perfeccionista, no quería dibujar mi “obra maestra” hasta que no pudiera hacerla lo mejor posible. De modo que ni aprendía la teoría ni practicaba para ser mejor.

Llegó un momento en que me agobié pensando que no tenía suficiente tiempo para dibujar y decidí dejar apartado mi intento de dibujar cómics y cambiar el formato de mis historias. Un poco influenciado por Kenny Ruíz, que mientras me firmaba uno de sus manga de Dos Espadas me sugería probar a escribir guiones de cómic y que fuera otro el que los dibujara. No era mala idea, pero no conocía a ningún otro dibujante lo suficientemente bien como para proponer una colaboración, así que pensé que quizá era el momento de retomar la escritura de novelas.

Durante la pasada primavera estuve asistiendo a un taller de escritura. Y me picó el gusanillo. Conocí a gente encantadora y aprendí algunas cosas, pero lo único que escribíamos eran micro cuentos y yo quería aprender a escribir novelas. Es un formato muy distinto y la forma de escribir difiere demasiado. Así que, viendo que en ese taller no iba a aprender lo que yo quería, terminé tomando la decisión de cambiar de escuela y asistir a un curso centrado en escribir novela.

Empecé este jueves y pinta bien. En las próximas semanas empezaré a escribir mucho más, dado que nos van poniendo “deberes”. Iré colgando esos ejercicios por aquí, para quien quiera leer lo que tenga que decir. A ver qué os parece; espero que os guste. Si es que alguien me lee…

Pero antes de compartir los escritos que haga para este nuevo curso, voy a repasar los que hice para el taller y colgaré aquí los que me parezcan medianamente buenos. Aunque de momento sólo se me ocurre uno.

¡Nos vemos!

IKEA workout

¿Quién quiere gastarse la pasta en ir al gimnasio cuando puede emanciparse alquilando un piso sin amueblar? Llevo tres días de bastante paliza, y lo que me espera aún.

¿Quién quiere gastarse la pasta en ir al gimnasio cuando puede emanciparse alquilando un piso sin amueblar? Llevo tres días de bastante paliza, y lo que me espera aún.

El lunes me pasé por IKEA y compré lo básico para empezar a vivir allí (en el piso, no en la tienda). Ya iba con la intención de contratar el servicio de transporte porque los muebles no me iban a caber en el coche, pero también con la —inteligentísima, pensaba yo entonces— idea de ahorrarme el servicio de que un tío recoja todos los muebles que quieres. Bien, permitidme un consejo: si vais al IKEA a comprar muebles para toda la casa, cosas voluminosas… PAGAD EL PUTO SERVICIO. Terminé empapado en sudor y bastante cansado, de cargar las jodías cajas en el carrito y luego menearlo todo por allí —pandero included. A lo que hay que sumar el carro rebelde que se negaba a circular en la dirección indicada por los empujones de un servidor, y el hecho de que en pleno mes de julio ese puñetero comercio no tenía aire acondicionado.

El martes estuve casi cuatro horas esperando los muebles tirado en el suelo —literalmente, no tengo donde sentarme, a parte del váter. Después, casi dos horas empezando a montar la cama, que debe tener más piezas y tornillos que un T-800. Al final me fui con tan sólo medio armazón montado y unas piernas con tembleque, de tanto levantarme y agacharme.

Ayer, miércoles, estuve media tarde montanto un zapatero y una librería. Luego vino un refuerzo y seguimos montando la cama. Que sigue sin terminar, su puta madre xD Al final ya no tenía ni fuerzas para terminar de apretar unos tornillos especialmente largos.

Hoy, jueves, tengo bastantes agujetas, sobre todo en la parte trasera de los muslos. Tengo cansancio muscular generalizado y muy especialmente en la mano derecha —quién me lo iba a decir, con la de horas de, ejem, entrenamiento que tiene. Y ahora, cuando salga del curro, supongo que me iré p’allá a seguir montando cosas. Si es que tengo fuerzas. Venga, que sí, YO PUEDO.

Así que eso, quién quiere pagar un gimnasio cuando puedes apuntarte al IKEA workout…

La vergüenza de Chamartín

El funcionamiento de la red de Cercanías en la estación de Chamartín es, francamente, de vergüenza ajena. Parece mentira que estemos en la capital de un supuesto país desarrollado. Me quejo de dos incidencias:

Esta mañanana, cojo el tren en Atocha, dirección Fuente de la Mora. Después de esperar 15 minutos, por fin llega uno que va a donde quiero ir. Pero, al llegar a Chamartín, se baja prácticamente todo el mundo. Como ya me sé la historia, me acerco a la puerta del tren y me asomo. Compruebo que el cartel del andén no tiene indicación alguna, así que me bajo. Giro la cabeza y veo OTRO TREN estacionado en la misma vía. Claramente, ese tren no iba a salir de la estación en dirección Fuente de la Mora. En ningún momento se indica, de forma alguna, que el tren, que cuando pasó por Atocha tenía como destino Fuente de la Mora, no iba a continuar la marcha. Me he tenido que bajar del tren a mirar la pantalla de información esperando a ver por qué vía le apetecía ahora a renfe enviar un tren con dirección a mi destino.

Pero el caso de ayer por la tarde fue más flagrante aún. Dirección opuesta, cogiendo el tren en Fuente de la Mora, dirección a Atocha, aproximadamente a las 19:45. En primer lugar el tren se para antes de llegar a Chamartín durante entre 5 y 10 minutos, sin dar explicación alguna. Pero esto es habitual, así que ni pestañeo. Sin embargo, llegamos a Chamartín y el tren se queda allí parado durante al menos 15 minutos. Los viajeros ya bastante mosqueados, esperando una explicación. En esto que el conductor (o maquinista, o como sea que llaméis al puesto), sale por la puerta avisándonos de que el tren no va a pasar por Atocha. Es decir, algo que se debería haber anunciado por megafonía, al menos la interna del propio tren, se anuncia de viva voz y a un tono de conversación normal; dudo que los pasajeros que había al final del propio coche se enteraran de lo que nos dijo. Con un cabreo considerable, los viajeros comenzamos a abandonar el tren y nos dirijimos al panel de información para disfrutar del placer de tener que esperar a ver por dónde va a pasar tu tren. Afortunadamente, voy a Atocha, estación por la que pasan prácticamente todos los trenes, así que escojo el que va hacia Parla y me lanzo a la carrera hacia su vía, que el panel sólo anuncia cuando queda UN MINUTO.

Llego al andén, flanqueado por sendas vías y veo que AMBOS trenes dicen ir hacia Parla. Me la juego subiendo a uno de ellos y la casa se queda con todo cuando veo que es el otro el afortunado que sale hacia su destino. Nos quedamos esperando en el tren durante más de 15 minutos, de nuevo sin explicación, hasta que decide salir de la estación.

¿De verdad no hay una forma mejor de gestionar las idas y venidas de trenes en la estación de Chamartín? ¿En serio no se puede avisar en los paneles de información con más antelación que UN MINUTO, obligando a los pasajeros a salir corriendo hacia el andén que les ha tocado en gracia?

Combustión espontánea

Inauguro esta sección con un relato corto. Lo de la contraseña es por no hacerlo público del todo, ya que puede que envíe el texto a un concurso. Por cierto, he deshabilitado los comentarios para que no os influyáis entre vosotros 😛 Sin más dilación, te dejo con la historia, espero que te guste:

Actualización: habilito los comentarios y hago la entrada pública. Hace meses que no gané este concurso, ya iba siendo hora 😛

Combustión espontánea

El detective se presentó en la escena del crimen, un modesto apartamento en una concurrida calle de Nueva York, con una idea ya preconcebida de lo que había ocurrido en el salón de la vivienda. “Increíble, Twitch, una combustión espontánea” le había dicho su compañero, Sam, por teléfono, al informarle de lo sucedido. Subió hasta la octava planta del bloque de apartamentos y se encontró con un par de policías de uniforme a los que saludó con un gesto de la cabeza. Sam estaba dentro, excitado como un niño en la víspera de Navidad.

–¡Twitch! ¡Por fin! ¡Fíjate! –gritó su compañero desde el otro lado de la estancia, al tiempo que hacía enormes aspavientos. –Mira ese montoncito de ceniza, ¡es increíble! ¡Como en aquella serie de los noventa! ¿Cómo se llamaba…?

–“Expediente X” –contestó Twitch, sin hacer mucho caso a su compañero. Observaba la escena con detenimiento, intentando no perder detalle alguno. Pero todavía no sabía qué se suponía que estaban investigando. Sólo tenía una cosa clara: no era una combustión espontánea. –¿Qué tenemos aquí? –añadió, dirigiéndose a la forense.

–A pesar de que pueda parecer una locura, su compañero podría tener razón –indicó–. Estos residuos de la moqueta parecen ser restos humanos, aunque no podré estar segura hasta que no lo corrobore el laboratorio.

–Está usted insinuando –empezó Twitch, con cierto tono de sorna–, que de verdad cree que una persona pueda haber ardido espontáneamente… por completo… sin llama…

–¿Sin llama?

–Claro. Si hubiera habido algún tipo de fuego, ¿no cree que habría ardido también la moqueta? Por no hablar del escritorio, la silla, la media docena de cajas…

Mientras la forense se giraba y observaba la ausencia de elementos quemados con el ceño fruncido, el detective se paseó por la habitación. Todo parecía indicar que allí residía una pareja joven, recién mudada.

–Sam, todavía no me has informado de la situación.

–Cierto, perdona. Pero es que… ¡Una combustión espontánea!

–Sam…

–Está bien, está bien –rezongó Sam mientras sacaba su pequeño cuaderno con anotaciones–. El apartamento está alquilado por Joey, treinta y dos, y Anna, treinta y cuatro; fue él quien llamó a emergencias, está abajo con los de la ambulancia, en estado de shock. Según dice, se metió a la ducha mientras ella estaba en el escritorio trabajando con el ordenador. Cuando salió, vio el montón de ceniza en el suelo y se asustó. Buscó a Anna por todas partes, pero no la pudo encontrar. Entonces, nos llamó.

–¿Habéis hablado con los vecinos? ¿Nadie les escuchó discutir o pelear?

–Nadie ha oído nada raro, no.

–Tendré que hablar con Joey.

Twitch bajó por las escaleras, aprovechando para despejar su mente. «“Combustión espontánea”. Será imbécil.»
Salió del edificio y encontró a Joey, vestido únicamente con una toalla, sentado en la ambulancia, llorando en silencio la muerte de Anna.

–Buenos días, Joey. Me llamo Twitch, soy el detective encargado de investigar el suceso. ¿Podrías explicarme lo que ha pasado?

El relato de Joey era exactamente igual que lo que le había dicho Sam. Estaba a punto de hacerle otra pregunta cuando vio la cara de asombro que ponía el joven.

–¿Anna? –preguntó, como si estuviera viendo un fantasma.

–¿Qué ha pasado, cariño?

–Eso nos gustaría saber, señorita –comentó Twitch, al ver que un estupefacto Joey era incapaz de articular palabra.

–¿A qué se refiere? ¿Qué hace aquí la policía?

–Verá, al parecer cuando su marido salió de la ducha, vio un montón de ceniza donde debería estar usted y se asustó al pensar que, ejem, se pudiera usted haber… consumido misteriosamente.

–¿”Combustión espontánea”, Joey ? –por su tono, parecía que ya habían discutido sobre el tema –. ¿Cuántas veces tendré que decirte que esas cosas sólo existen en la ficción? Es mucho más sencillo –continuó, hablándole de nuevo al detective–, verá esta urna contiene las cenizas de mi tía, recientemente fallecida…

–Oh, mierda… –murmuró un avergonzado Joey.

–Como iba diciendo, tenía la urna en el escritorio y le di un golpe sin querer. Se cayó al suelo, se abrió y se derramó un poco del contenido. Y, como nos acabamos de mudar, me di cuenta de que no tenía con qué recogerlo y vengo de la tienda –concluyó, mostrando la escoba y el recogedor que llevaba en la otra mano.

El detective le dio las gracias a la joven y se alejó en dirección a su coche preguntándose cómo se apañaban algunas personas para sobrevivir día tras día…